Cafeteriología

Cuando empecé a escribir en cafeterías, hará ya cerca de tres años, no me imaginaba que esta experiencia para entonces novedosa se acabaría convirtiendo en costumbre, ni hasta qué punto esta costumbre pasaría a formar parte de mi idiosincrasia. Si ahora mismo hiciese uno de esos aesthetics con imágenes que representasen qué es exactamente Celia, aparecería sin ninguna duda la foto de un portátil abierto sobre la mesa de una cafetería. Las cafeterías son, ahora mismo, el hábitat de mi creatividad. De alguna forma, estar sentada en un sitio ajeno y tranquilo, cálido en invierno y fresco en verano —sin tener que sufrir el runrún mental de cómo me va a disparar la factura tener el aire o la calefacción encendidos— me ayudan a concentrarme en lo que escribo. El ruido distante de las voces y de la música de fondo, la lista de éxitos que toque ese día, el sabor dulceamargo del café malísimo (o buenísimo, según el sitio) y, si se tercia, los mordisquitos ocasionales al cruasán, funcionan para mí como un ritual relajante que me ayuda a conectar con mis pensamientos, a inventar y repensar lo pensado. Y el ruidito de las teclas suena mucho mejor fuera del eco de tus propias paredes.

A fuerza de costumbre, me estoy convirtiendo en una experta en cafeterías, o como mínimo en una cafeterióloga profesional. Me gusta pensar que me conozco todas las cafeterías de mi barrio. No es del todo cierto, como averiguaréis un poco más adelante, pero a mí me gusta pensarlo así cuando me dirijo con el ordenador en la mochila al lugar de escritura que toque ese día. Básicamente, el que toca es el que más me apetece. Porque, en realidad, yo amo a todas las cafeterías por igual. Uno tiende a pensar que, si una se declara experto en algo, buscará por criterio los elementos más excelentes del ámbito que domina, pues la experiencia le vuelve fino el paladar. No es mi caso. Yo amo todas las cafeterías, porque cada una te ofrece una cosa que las demás no tienen, y todos somos seres cambiantes con necesidades diferentes cada día. Me gustan las cafeterías cutres, las del pijerío, las prefabricadas, las de hacerse fotos, las que podrían criar golems de polvo y pelusa en cada esquina que te atrevas a mirar con relativa atención. No sabéis cómo disfruto escogiendo a qué cafetería me apetece ir ese día, si a la que está más cerca, a la que está cinco manzanas más para allá porque el café está más bueno, o porque las tazas tienen el asa redondita y hacen un ruido que me gusta cuando las dejas en el plato, o a lo mejor prefiero coger el bus para ir a aquel sitio de las tartas y las enredaderas en la puerta, que hoy estará tranquilo. Es una decisión visceral, un proceso que forma parte del mismo disfrute que llegar al sitio, ponerme cómoda y escribir. Es cuestión de saber qué te pide el cuerpo ese día, qué te pide esa historia que quieres sacarte de dentro, y saber elegir.

Una opción segura siempre son las cafeterías de barrio, las de «Los dueños son muy majos y hacen pasteles artesanales», porque son acogedoras, bonitas, te tratan con cariño, se quedan con tu cara y acaban preparándote lo que quieres sin ni siquiera darte tiempo a pedirlo. Pero he de decir que no siempre son el mejor sitio para escribir. La gente sabe que allí hay calidad, amor y precios no muy locos y, claro, la gente no es tonta. Suelen estar bastante llenas, así que puede costar encontrar una mesa y a veces hay demasiada bulla. Un poco de bulla está bien, pero mucha implica tener que hacer un esfuerzo activo para concentrarte, que es justo lo contrario a lo que vas buscando. Ah, y no sé hasta qué punto es positivo tener tan a mano la tentación de los pasteles artesanales, sobre todo si haces expediciones cafeteriólogas muy a menudo. A veces es mejor para ti que te obliguen a tomar solo café a base de disponer de una colección reducida de cruasanes con sabor a plástico achocolatado.

Lo cual nos lleva a una opción bastante infravalorada en el ámbito de los escritores de cafetería: las cadenas. Si quieres un sitio tranquilo, seguramente con sofá, luz cálida, mesas relativamente amplias (que no limpias) y postres de escasa calidad que te quiten las ganas de merendar, es una opción fácil de encontrar. Nunca están tan concurridas como las cafeterías de barrio: la gente no busca expresamente «El Granier de Meridiana» o «El 365 de Sagrada Familia»; la gente entra en el que le pilla de paso porque son todas iguales e indistinguibles. Un café calentito (o con hielo, según la época), un «sin azúcar, gracias» en mi caso, y ya tienes toda la tarde por delante para escribir sin que nadie te moleste. La de cosas que habré escrito en cafeterías de cadena. Lástima que sean un sitio tan familiar. Es fácil meter carritos gigantescos con bebés llorones en estos sitios tan amplios y con tanto sitio libre; si yo fuera madre, probablemente también lo haría, no culpo a los pobres padres. Lo malo es que los bebés se comen toda la calma. Tienen que comer para crecer, supongo. En el momento en el que el bebé llorón entra por la puerta, la creatividad se tapa los oídos y ya no quiere saber nada de nadie. Hora de cerrar la tapa del ordenador y cambiar de sitio. Adiós, cruasanes de plástico.

Las cafeterías modernas son curiosas. Bonitas a la vista, con murales y tiras de luces por todas partes, muchos enchufes, buenos dulces —ya sabemos, factor bueno y malo al mismo tiempo—, música agradable y relativa tranquilidad si evitas las horas punta en las que los turistas acuden en masa. Escribí medio Hacia el resquicio en una de estas, una con un columpio y unas tartas de queso que quitaban el sentido; procuraba ir por la mañana, temprano, o por la tarde, cuando no era hora ni de comer ni de merendar, y allí me apalancaba a construir mi distopía. Es la única cafetería donde he pedido más smoothies que cafés. Últimamente la tengo abandonada: tengo que coger el transporte público para llegar sin perder la tarde y no siempre me apetece. Hay demasiadas cafeterías interesantes cerca de mi casa. Aun así, el sitio se me quedó tan impregnado que seguramente acabe volviendo.

Una alternativa que solo me apetece en momento muy concretos y escasos son las cafeterías mugrientas. Creo que es fácil visualizar una sin que dé más detalles. Esa cafetería oscura, tipo bar Manolo, que exuda olor a tabaco por las paredes, con un señor abrazado a las tragaperras y otro que te mira fijamente desde el fondo y luego sigue hablando a gritos con el camarero. Esa en la que la taza se queda pegada a la mesa cuando intentas levantarla para dar un sorbo. De hecho, como te descuides, el ordenador también se pega y ya no lo vuelves a recuperar. No es el sitio más halagüeño para irte a escribir, pero, por algún motivo misterioso, hay determinados días en los que me apetece. Supongo que a veces, para escribir cosas que te sorprendan incluso a ti misma, hay que tirar de hilos finos de tu mente que no sueles tocar. Ir a sitios a los que no acostumbras puede ser de ayuda. Al fin y al cabo, así empecé a frecuentas las cafeterías; buscando sitios nuevos para que la mente no se me aburriera. Así conseguí volver a escribir de forma habitual después de años sin poder hacerlo. O igual es que en el fondo me pone el olor a puro y sobaco, vete tú a saber.

La verdad es que, volviendo al inicio, lo que me ha despertado el arrebato de escribir todo esto ha sido algo que me ha pasado hoy: he descubierto una cafetería nueva en mi barrio. Ni siquiera ha sido para ir a escribir, sino que he parado a comprar un café rápido para llevar y me ha entrado el impulso espontáneo de entrar por la puerta de una cafetería que llego ignorando sistemáticamente desde que me mudé aquí. No me preguntéis por qué; hay algo en ella, no sé si el diseño perezoso del cartel o en los colores feos con los que está pintado, que no solo no me ha llamado la atención, sino que ha conseguido volverse invisible para mí. Pero hoy la he visto, la he visto de verdad, y he pensado «aquí mismo». Y ha sido la experiencia más desconcertante que he tenido en toda mi corta trayectoria como experta cafeterióloga, pues el interior no era para nada como esperaba. La esperaba oscura, estrecha y vieja y, efectivamente, lo era. Pero tenía algo. No era vieja tipo bar Manolo, sino vieja como el sillón de la abuela, como el cine antiguo que solo has visto una vez por dentro. Se estaba calentito, las sillas parecían mullidas, había una chimenea al fondo que, por culpa de mi miopía, no sabría decir si era real o una pantalla. Había gente sentada, pero todos estaban callados, leyendo, escribiendo, sorbiendo sus bebidas, como sumidos en una meditación conjunta guiada por el presunto fuego. Me han entrado ganas de llevar el portátil encima para sentarme en aquel mismo momento en una de esas mesas blancas y ponerme a escribir lo que fuera, solo por dejar que la mente liberase presión, solo por escuchar el tecleo. No, confieso que no me conozco todas las cafeterías de mi barrio, ni tampoco soy ninguna experta. Solo soy una exploradora de cafeterías, me temo. Lo bueno es que, mientras me queden sorpresas, me quedarán también giros de guion.

El café, por cierto, estaba asqueroso.

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