Cuando tenemos un gran saco de ideas, escribir parece algo fácil y fluido. Bueno, en el fondo sabemos que esto en realidad no es así, pero sí que nos da esa impresión durante las épocas de sequía en las que no parecemos encontrar ninguna idea buena para esa antología en la que nos encantaría participar, o para esa novela que tenemos a medio plantear pero que no termina de arrancar, o simplemente para desfogar esas ganas locas de escribir que ya no sabemos dónde volcar. Esos periodos son frustrantes porque somos conscientes de que, en cuanto comencemos a tener ideas, estas traerán consigo otras aún mejores y seguramente acabemos en una de esas rachas creativas que tanto nos gustan. Pero ¿cómo se llega a ese punto?
Es difícil dar consejos sobre el tema, pues la búsqueda de inspiración funciona de forma muy personal para cada escritor. Hay nociones generales que sabemos que ayudan a tener ideas nuevas y, por tanto, siempre se recomiendan: leer mucho y muy variado, consumir ficción en otros formatos (videojuegos, películas, series…), escuchar música nueva que nos inspire… Luego, hay pequeños rituales más variables que pueden funcionar mejor o peor según tus costumbres y qué cosas te ayuden a reflexionar y crear. A mí, por ejemplo, me sirve muchísimo echar a caminar a paso ligero, incluso durante horas, escuchando música. Sobre todo, cuando encuentro ESA canción que va acorde con la historia que estoy construyendo. A otra persona tal vez le funcione más sentarse en una butaca y tomarse un té en silencio, qué sé yo.
Está claro que lo que nos inspira y lo que no es una cuestión particular, pero hay cosas que pueden ayudarnos a salir de nuestra zona de confort y abordar nuevas posibilidades para nuestras historias. Así que hoy vengo a contaros un método que, al menos a mí, me está ayudando bastante a encontrar perspectivas novedosas y a sacarles partido a la hora de escribir. Es bastante intuitivo y me gusta clasificarlo en dos fases: una fase de observación y anotación (fase externa), y otra fase de traslado de todo lo anotado a nuestras obras (fase interna).
Fase 1: sal al mundo y observa (fase externa)
Todos estaremos de acuerdo en que escribir no solo consiste en juntar una letra tras otra: es un acto que requiere mucha introspección y análisis. Nos pasamos mucho tiempo reflexionando y “escribiendo con la mente”, incluso más que con los dedos. Por eso, sobre todo si sois introvertidos como yo, puede suceder que nos olvidemos de una verdad tan básica como que formamos parte de un mundo extremadamente complejo y lleno de claroscuros, con mil historias que merecen ser contadas. Da igual que no busques una historia realista, o que prefieras escribir fantasía o ciencia-ficción: tus ideas también están ahí afuera. Pero, para poder verlas, necesitamos salirnos de nuestro raíl de ida-y-vuelta (también conocido como rutina). Aquí van algunos consejos:
1. Conoce a la gente a fondo y disecciónala. Puede que esto suene un poco mal, pero al final es algo que todos los escritores hacemos en mayor o menor medida, ¿no? Nos aprovechamos de «trocitos» de la gente para construir nuestros personajes. No hace falta que te lances a hacerle un cuestionario personal al primero que pase por la calle; puedes, simplemente, observar con detenimiento a personas que ya conoces pero que nunca te habías parado a mirar bien. Fíjate en su manera de expresarse y de moverse, en su relación con la gente que quiere y detesta, en sus reacciones y su manera de pensar. Pregúntale su opinión sobre tal o cual tema, que te cuente historias de su pasado y date cuenta de cómo han influido en su forma de ser.
2. Ve a lugares nuevos a los que no hayas ido nunca. No hace falta ni siquiera viajar: puedes apuntarte a alguna actividad gratuita, algún curso o hasta sirve meterte en cualquier Bar Manolo o visitar un barrio que no frecuentas. Si puedes, ve solo y dedícate a observar y escuchar. Es posible que empieces a ver cosas interesantes que antes te habían pasado desapercibidas: patrones que se repiten en el habla o el vestir de los presentes, algún gesto que te llame la atención… Puede que oigas alguna conversación sobre un tema que nunca te habías planteado, o alguna frase o expresión que te gusta cómo suena. Además de la gente en sí, también puedes aprender cosas sobre el escenario en el que te mueves: la disposición de las habitaciones (si las hay), cómo está decorado, la iluminación, la música ambiente (si la hay) y, en general, qué atmósfera transmite y por qué.
3. Trata de empatizar con situaciones que te son ajenas. Imagina que conoces a alguien con un comportamiento que te resulta totalmente odioso o repulsivo, o que hace cosas que tú jamás harías, o que reacciona ante las situaciones de una forma que te resulta insólita. Aunque nunca lleguemos a saber su verdadera historia, es un ejercicio interesante intentar ponerse en la piel de esa persona y entender qué motivaciones puede tener o qué trasfondo le ha podido llevar a ser quien es. Al fin y al cabo, todo el mundo es el protagonista en su propia vida (y seguro que es muy interesante a su manera).
4. Mira a tu alrededor, fíjate en las imágenes que te rodean y en las sensaciones que te despiertan. No todo iba a ser conocer gente; las calles, los edificios, los animales, el entorno en general también tienen mucho que contar. ¿Qué sensación te genera esta plaza llena de gente que viene y va? Tal vez te transmita paz, o resulta que te transmite un desasosiego que no sabes explicar. Ahora, analiza qué te hace sentir así: mira los elementos que componen la imagen, como el color del cielo, el perfil de los edificios a contraluz, el bullicio, las caras mirando al suelo… Es posible que localices los puntos clave que le dan al escenario su “alma”, es decir, lo que lo hace singulares.
5. Apúntalo TODO. En serio, apunta todo lo que he mencionado en los puntos anteriores y más, hasta las cosas más estúpidas. Conclusiones a las que llegues, rasgos, frases, todo lo que se te ocurra. Probablemente te quedará un batiburrillo de cosas mezcladas y sin hilar, pero créeme cuando digo que eso es una mina de ideas. Siempre me acuerdo de cuando apunté “contar una historia desde el punto de vista de una máquina de café” y de lo mucho que me reí al ver luego mi propia nota; pero, al final, de ahí salió el relato que publiqué más adelante en la antología Maldita la gracia. Hay quien lleva siempre una libretita consigo para anotar esas cosas. Yo, por ejemplo, como soy un desastre para llevar cosas encima, siempre las apunto en el móvil, en alguna aplicación de notas. En mi caso, uso Google Keep porque puedes crear notas y listas que se sincronizan con tu ordenador, pero hay mil más que también son gratuitas y puedes usar.
6. Escribe un diario. No solo es importante observar el mundo exterior; también lo es explorar y examinar a conciencia nuestro propio mundo. No hace falta que sea el típico cuaderno en el que anotamos cada día lo que nos ha pasado, pero escribir de vez en cuando sobre nuestras propias experiencias y cómo las hemos vivido, o simplemente divagar sobre nuestros sentimientos, es otra forma de trasladar ideas valiosas al papel.
Fase 2. Utiliza lo observado (fase interna)
Te preguntarás «¿Y todo esto para qué? ¿Qué hago ahora con este amasijo de notas?» Pues ha llegado el momento de utilizar todo lo que has aprendido observando y escuchando para sentarte a darlo todo escribiendo. Seguramente, cuando llegues a este punto ya tendrás en mente más de una idea sobre qué hacer con todo ese material, pero te dejo algunos aspectos para los que puedes aprovecharlo.
1. Crear una trama a partir de un conflicto o dilema. Los humanos estamos llenos de conflictos: nuestras pasiones e intereses lo hacen inevitables. Es posible que, conociendo la vida de otras personas, o sus dilemas vitales, o las consecuencias de sus acciones, surja el núcleo de una nueva historia. Emplazar esos conflictos en nuevos escenarios, en otros marcos culturales o en épocas diferentes también puede ser interesante.
2. Abordar nuevas voces para tus textos. Aquí no solo me refiero a cosas extravagantes como el ejemplo de La máquina de café que puse antes; conocer gente nueva y experiencias novedosas hace que no siempre nos centremos en el mismo punto de vista del mismo tipo de personaje en el mismo tipo de escenario. Los seres humanos somos maravillosamente diversos y cada edad, procedencia, cultura, género o estatus social (por poner solo algunos ejemplos) conlleva una perspectiva diferente. Y eso si nos limitamos a los humanos y al mundo conocido: si encima escribimos Fantasía / Ciencia ficción sobre otras razas y mundos, con sus entornos socioculturales diferentes, ¡imagínate las posibilidades! Pero, incluso en esos casos, conocer y empatizar con otros puntos de vista “de la vida real” te ayudará a construir mejor esas voces ficticias.
3. Construcción de personajes. Más de lo mismo. Conocer la riqueza de detalles de las personas, incluyendo su físico y forma de ser, puede ayudarte mucho a construir personajes no solo diversos, sino también tridimensionales: con una personalidad interesante y verosímil, un buen trasfondo, motivaciones, deseos, un pasado que los haya moldeado… Utiliza los detalles que has apuntado. Puedes ponerle a tu protagonista ese gesto recurrente que la camarera del bar de la esquina hace siempre con la nariz cuando está pensativa, o esa expresión desenfadada que dice tu hermano cada dos frases, o esa manera pasivo-agresiva que tiene tu compañero del máster de tratar a sus amigos. Puedes usar todo eso para dar definición a tus criaturas.
4. Construcción de diálogos. Más o menos lo que he comentado en el párrafo anterior, pero aplicándolo directamente al habla de los personajes (como el ejemplo del hermano y su expresión recurrente). Cada persona tiene una manera de hablar muy personal y que cambia según la situación y el entorno: usa esa flexibilidad para dar consistencia a tus personajes cuando hablan.
5. Descripciones, recursos estilísticos y construcción de escenas. Aquí resulta muy útil todo lo que has apuntado respecto a qué sensaciones te despiertan determinadas imágenes o elementos. Recuerda esa plaza llena de gente que tanta inquietud te despertaba, y cómo se te ocurrió de pronto comparar los ríos de gente que viene y va con una estampida, o te pareció que el cielo rojo del atardecer era como fuego y las personas parecían ascuas moviéndose. Ahí tienes material para crear nuevas metáforas que te ayuden a evocar esa sensación en el texto. O tal vez puedas utilizar elementos que generen incomodidad o tensión para construir un escenario en el que va a pasar algo malo. O, de la misma manera, expresar bienestar, miedo, angustia, intriga… Ahora tienes herramientas que puedes aprovechar para todo eso.
Y en esto consiste, a grandes rasgos, el método de dos fases del que os hablaba. Obviamente, solo he señalado algunos aspectos en los que se puede aprovechar; si queréis probarlo, os animo a que no os pongáis límites. Las buenas ideas pueden surgir de los lugares más inesperados.
Y a vosotros, ¿qué os ayuda a encontrar ideas o inspiraros para escribir? No os cortéis; si os apetece, podéis dejar un comentario y contar vuestras impresiones.
Gracias por leerme. Abrazos cucarachiles,

