Ahora que se acerca el 8 de marzo

Este es un texto que escribí el año pasado por las mismas fechas y que he rescatado para este blog.


Desde que era niña, y algo más tarde de adolescente, tuve la sensación de que algo en mí no funcionaba como debía, como si hubiera alguna pieza clave que fallaba y que ensombrecía todo lo demás. Aquello era sumamente desconcertante, pues la teoría que me habían enseñado afirmaba que lo más importante era mi formación, aprender cosas y convertirme en una persona con conocimientos para tener el poder de usarlos más adelante. Sin embargo, la realidad me llegaba impregnada de otro mensaje, una especie de unanimidad que nunca se pronunciaba expresamente, pero que estaba ahí.

En algún momento empecé a darme cuenta de que, a la hora de la verdad, el orden de prioridades vitales no era el que yo pensaba: qué buenas notas saca la niña, qué cosas más bonitas escribe, qué gran futuro tiene por delante… pero hay que ver qué gorda está y qué poco partido se saca, qué lástima. Me desencantó bastante el darme cuenta de que siempre había estado equivocada, que daba igual cuánto me esforzase por cultivarme en lo que me apasionaba porque, por delante de cualquier otra cosa, yo seguiría siendo “la gorda”. Pensé entonces que, si conseguía remediar ese terrible inconveniente, lograría ser una persona decente y alcanzaría la felicidad. Sin embargo, mi plan perfecto tenía un fallo: resultaba que no solo era gorda, sino que también era fea y ningún chico quería tocarme ni con un palo. Además, era demasiado callada y seria, y siendo tan empollona los asustaría y se me acercarían mucho menos. Encima no me arreglaba nunca, menuda marimacho de piernas peludas. Y para colmo, también mojigata; pensar en mí como en un ser sexual era un chiste en sí mismo. Al final, resultaba que repararme como mujer ya no era tan sencillo como adelgazar: había demasiados desajustes. Si la cosa llegaba hasta el punto de que incluso recibía insultos de desconocidos por la calle, como quien vocifera a un rebaño para enderezarlo, debía de ser que las cosas andaban muy, pero que muy mal en mí.

Pero más desconcertante que aquella época fue encontrarme un día que, de pronto, todo había cambiado. No sé cuándo ni cómo sucedió, pero dejé de escuchar la palabra “fea” taladrándome desde todos los ángulos; de pronto me llamaban guapa, preciosa, princesa. Hubiera sido un cambio refrescante si no hubiese sido porque los gritos por la calle no desaparecieron, sino que solo se transformaron: ahora, en lugar de describir el asco que daba, los gritones desconocidos pasaban a recrearse en cómo les atraía o en cómo me querían follar, sin que mi opinión al respecto pareciera importarles mucho. De pronto ya no existía ese consenso sobre mi falta de feminidad, pues a temporadas, para mi sorpresa, pasé a ser también demasiado femenina. ¿A cuento de qué llevar tanto vestido, por qué esa afición a usar maquillaje en días laborales? Resulta que a ellos les gustan más naturales. Además, no te tomarán en serio como científica si vienes al laboratorio con la raya negra en el párpado, ya se encarga de recordártelo el señor que te habla de esa forma tan paternalista sobre cosas que ya sabes. Igual que ese otro que quiere que hables en su programa de radio sobre tu novela, pero se pasa la mitad de la entrevista describiendo tu foto a los oyentes con un tono erótico-rancio que te quita las ganas de seguir hablando (o de empezar a hacerlo). ¿Y cómo es que no escribes literatura erótica o romántica? Pero, si no te gusta la situación, hacerlo notar resulta no ser una opción. ¿Aportar una opinión contraria? Eso ha estado fuera de lugar, vigila el tono. Dedícate a lo tuyo porque no tienes ni idea de esto. Quién iba a pensar que estabas tan amargada cuando estás todo el día sonriendo en silencio como una lerda. Al fin y al cabo, es obvio que lo que realmente eres es una mosquita muerta: con lo paradita que parecías y resulta que vas a saco, hablando de sexo a viva voz e intentando calentar al personal en cuanto tienes ocasión.

Pero bueno, ¿qué ha pasado? No era consciente de haber cambiado tanto ni tan rápido: juraría que apenas lo he hecho, la verdad. Debo de tener una capacidad pasmosa para pasar en un pestañeo de un extremo al otro, del blanco al negro, pues el desconocido que me gritaba al oído hace dos segundos lo sexy que soy me está llamando gorda asquerosa después de pedirle que me deje en paz. Dicen que en el equilibrio está la perfección: la clave debe de ser permanecer en la discreta e intermedia franja gris de lo aceptado. El problema llega cuando te das cuenta de que no se puede alcanzar esa cumbre de aprobación social, pues la mítica zona de equilibro es tan delgada que resulta imposible no salirse de ella. La franja gris no existe. Me parecía una conclusión razonable; al fin y al cabo nos pasa a todos, ¿no? La sociedad nos trata así de mal, exigiéndonos que seamos cosas imposibles de conseguir, con el objetivo de seguir vendiéndonos mil métodos para llegar a esa tierra prometida de la felicidad hasta que caemos muertos del asco antes de alcanzarla.

Ojalá la franja gris fuera la misma para todos: creo que eso facilitarías las cosas. Por desgracia, una no puede evitar ver que hay un evidente sesgo, y que en nuestro caso la franja gris (o rosa, como los frutos que recolectábamos en la prehistoria, ¿no iba así el tema?) arrastra el peso de una larga ristra de opresiones. Y al final te das cuenta de que ese estado inalcanzable de equilibrio existencial se trata más bien de una lista de requisitos por cumplir para ser lo más deseable que podamos para el hombre. Sensuales, pero lo justo, sin llegar a putones; guapas y coquetas, pero sin ir pintadas como una puerta; divertidas y extrovertidas pero que no impongan demasiado ni molesten, que sepan ceder las riendas cuando toca; inteligentes y diestras, pero no más que ellos, no vayan a robar el protagonismo. Al final, a golpe de hastío, acabas viendo la franja rosa como realmente es: un enorme grano en la frente, asqueroso e hinchado de pus, que molesta, duele y nunca termina de irse. Da igual lo que hagas con tu vida, pues el grano en tu frente será el tema principal; antes de ti, tus preferencias, tus logros y decisiones, el hecho de que seas o no follable se llevará la prioridad y el interés. Y de nosotras se espera de forma implícita que aceptemos ese grano y lo luzcamos con orgullo, que luchemos entre nosotras compitiendo por demostrar quién tiene el grano más grande, quién se lleva el anhelado “tú no eres como las demás” de nuestro salvador. Las demás, esas perras granudas.

“Pero deberíais preocuparos por temas más importantes”, nos dicen. Al fin y al cabo hay mujeres muriendo a mansalva (¿cuenta eso como juego de palabras bilingüe?) y siendo agredidas y acosadas por todo el mundo. Además, tenemos un panorama peliagudo con lo de la brecha salarial, el techo de cristal, los comités de señores debatiendo y decidiendo sobre nuestras libertades. Tenemos el problema de que siga siendo totalmente impensable la idea de que esos mismos comités lo formen solo señoras y esto se acepte como mérito laboral suyo, sin que se considere producto de una extrema discriminación feminazi o de propaganda pensada para seguir una moda. Si es que ni en el ámbito de la ficción se puede hacer un equivalente femenino a la clásica peli de acción con protagonistas machotes sin que haya quejas masivas. Teniendo problemas como esos, qué haces protestando porque te lancen piropos o te digan que te maquillas demasiado (o demasiado poco).

Y claro que hay que luchar por todo eso; en ello estamos y en ello seguiremos. El caso es que no se puede ignorar el puto grano porque, al final, todo comienza ahí. Es difícil construir una sociedad que no esté descompensada si la mitad de la población es marcada desde el nacimiento con algo que condicionará el resto de su vida.

Por eso, a quienes se sientan molestos por que, en días como el próximo 8 de marzo, nos unamos para estrujar nuestros granos más fuerte que nunca y dejar que todo el pus salga a presión, generando una fuente inmensa que salpique a los que están durmiendo tan a gusto con la cara girada hacia otro lado, solo puedo decirles “a vuestra salud” y desearles un feliz y pringoso despertar.

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